Me gustaba oír tenuemente sus pasos
cuando caminaba hacia la cocina al amanecer
para preparar el té verde y recoger el periódico.
Luego vendría la lluvia de la ducha
al bañarse y luego vestirse,
comenzando así un nuevo día.
Calzado ya, sus pasos sonaban firmes y enérgicos,
casi como contando la historia de las actividades por hacer.
Cuando se alejaban rumbo a la puerta
mi corazón se iba tras él,
despidiéndose en silencio.
Qué extraños son el querer y la costumbre,
como hermanos que no pueden separarse.
Hay momentos y lugares en la vida
que no se olvidan jamás.
Yvette Ruben
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